El 30 de junio de 2002 murió Fani Encinoso Ojeda con 14 años. Su corazón se detuvo mientras jugaba con sus amigas en un parque cercano a casa. El 20 de mayo de 2003, Selene, su hermana de nueve años, nadaba en una piscina. Feneció en el fondo del agua. Otra muerte súbita. El 25 de junio de 2007, Celeste Encinoso Ojeda, gemela de Selene, 14 años ya, disfrutaba de las frenéticas subidas y bajadas de una de las montañas rusas de Disneyworld ParÃs. El músculo que debÃa bombear la sangre al organismo no lo hizo. Tres hijas, tres que se fueron de repente. O tres muertes carentes de respuesta. Tres paros cardiacos en niñas de menos de 15 años.
Perder una hija es una tragedia inconmensurable. ¿Dos? ¿Tres? ¿Cómo calificar su pérdida? ¿Qué pasó? ¿Qué mal acaba con la vida de tres niñas de una misma familia? Sus médicos no tenÃan respuesta. Y quedaba una cuarta hermana, la última que salvar, Natalia. No podÃa ser una casualidad. Su caso se convirtió en un enigma médico de relevancia mundial.
Alberto Encinoso Sánchez y Fátima Ojeda Pérez comenzaron su lucha por salvar a Natalia. Sin saber que habÃa otras familias que buscaban la misma respuesta. Más de 30 fallecidos oficialmente por esta clase de muerte súbita en la isla de Gran Canaria ["unas 100", según el calculo de Fátima]. Sin explicación cientÃfica. Todos se habÃan ido de repente. La gran mayorÃa jóvenes que no habÃan cumplido los 25 años y un porcentaje enorme tenÃa sus raÃces en el sur de la isla...
Desde la muerte de la segunda niña, los Encinoso Ojeda extremaron aún más las pruebas médicas. Los especialistas del Servicio Canario de Salud sometieron a las niñas a electrocardiogramas y al Holter [una prueba diagnóstica que coincide en monitorización ambulatoria del registro electrocardiográfico por un tiempo prolongado]. Los especialistas coincidÃan en que las pequeñas estaban sanas y que no habÃa motivos para preocuparse.
Cuando acaeció la tercera muerte ya no les creÃan. HabÃa más casos. Teresa MacÃas, una abuela de 74 años, titubea al responder sobre la familia que ha perdido. MelancolÃa en su rostro. Sus iris reflejan, por duplicado, la luminosa ventana de su casa cerca de la alameda de Colón, en Las Palmas. Perdió a su hermano Emiliano, cuando era monaguillo, en 1954. Perdió también a su hermana de 13 años. "Fue a preparar el café y cayó". Se quedó tirada en una caseta. Los médicos diagnosticaron "derrame de sangre por difteria". Una conclusión fácil. "Se me murieron dos hermanos más". Cuatro de 10 en total.
Hablando casi en susurros, cuenta también cómo dejó este mundo su hija de 21 años. En 1997 estaba de paseo por una cumbre canaria. Falleció de repente, un caso más. Por la rama familiar de Teresa, comenzaron a morir sobrinos, parientes cercanos...
Empezaron a buscar la razón de sus muertes. Se hacÃan revisiones médicas y todas salÃan bien. Exámenes clÃnicos correctos. Ninguna conclusión, lo mismo que le decÃan a los Encinoso Ojeda. Hasta que un profesional canario decidió que habÃa que encontrar una respuesta. Fernando Wangüemert, jefe del servicio de cardiologÃa de la ClÃnica San Roque. Desde 1998, comenzó su búsqueda de la verdad cientÃfica. VeÃa morir a sus pacientes. Se reunÃa con 200 personas, familiares de las vÃctimas, y tenÃa que decirles "no sé la respuesta" [año a año]. Pero no desistió. ""Lo sigo intentando, pero no sé", les decÃa. Es quizás la peor respuesta que podrÃa dar un médico, pero lo hacÃa". Aún asà continuaba con sus pesquisas. "Yo no soy un investigador. Soy un médico de batalla, que ve pacientes dÃa a dÃa. Que apenas tiene tiempo", rememora para Crónica lo que se decÃa a si mismo entonces.
Los electrocardiogramas revelaban corazones sanos. Las ecografÃas no presentaban ninguna anomalÃa mecánica. ¿Qué hacer? Llamaba a doctores de todas partes del mundo. Enviaba pruebas, sangre, relataba sÃntomas... a distintos hospitales, centros de investigación. Buscaba indicios, pistas. Se descartaron virus, bacterias, infecciones... "La impotencia volvÃa. La gente llegaba a decir que estaban siendo castigados por Dios".
Hasta que se topó con los hermanos Brugada [Pedro, Josep y Ramón], los genios catalanes de la cardiologÃa que hasta tienen su propio sÃndrome [bautizado con su apellido]. Ellos le orientaron y juntos consiguieron desvelar qué pasaba. Fue en enero de 2008. Exploraron el último rincón del cuerpo humano: el genético. Y dio resultado. Wangüemert recibió la noticia y gritó. Saltó como un orate. Dicen que pocos hombres tienen un ¡eureka! en su vida. Éste era el suyo. Diez años después y tras miles de exámenes médicos se descubrÃa la razón de tantas muertes. Una rarÃsima enfermedad llamada cientÃficamente Taquicardia ventricular polimórfica catecolaminérgica. El por qué de tanta muerte súbita. El por qué de Fani, de Selene, de Celeste...
Esta semana, este sencillo médico de capital de provincia se sentó junto a los hermanos Brugada para presentar su informe al mundo [y el trailer de un documental sobre el caso llamado En busca de un porqué]. Lo hacÃa con una media sonrisa. Se han salvado con su descubrimiento cientos de vidas [aunque por su efecto exponencial se podrÃan hablar de miles].
En su ponencia, los Brugada explicaron las razones de esta enfermedad. Surge por una mutación en un gen [el RyR2]. Este fallo hereditario origina que ante una descarga excesiva de adrenalina -por esfuerzo fÃsico o por una emoción intensa- el corazón se colapse.
Todo coincidÃa. Los Encinoso Ojeda recordaron las muertes de sus pequeñas. Fani habÃa estado corriendo toda la tarde en bicicleta con sus primos ["Llegué a tiempo de coger a mi niña en brazos y de escuchar como expiraba", rememora la madre]. Selene se encontraba nadando con otro niño. Jugaban a sumergirse y rescatar los objetos que previamente habÃan lanzado al fondo de la piscina. La niña murió en el acto. Celeste no pudo resistir las frenéticas subidas y bajadas de la montaña rusa. Todos esfuerzos fÃsicos con alta carga de adrenalina. Por fin supieron lo que pasó.
En busca del paciente cero
Cuando los investigadores descubrieron la respuesta comenzó otra misión: saber quiénes tenÃan el gen defectuoso. La mayorÃa de los que sufren esa enfermedad [57,3%] no muestran ningún sÃntoma antes del primer ataque. "La aparición del primero podrÃa ser el fin", afirma el doctor Wangüemert. Se han realizado análisis genéticos a más de 1.000 personas. De ellos 129 han resultado positivo y su vida corre alto riesgo [la edad media de la muerte por el gen es de 18 años y siete meses].
Para controlar su enfermedad, se recetan medicamentos betabloqueantes [sintetizando: bloquean los efectos de la adrenalina en el organismo]. El 30% de los que han dado positivo deberá utilizar un pequeño desfibrilador insertado en el pecho [cuesta unos 36.000 euros aproximadamente].
Publicado completamente en El Mundo (España)