Si Cristóbal Colón se hiciese hoy a la mar con sus tres carabelas en el puerto de Palos y cruzase el Atlántico no se detendría en las costas de América, que ya las descubrió hace 515 años, sino que atravesaría el Canal de Panamá en busca de las Indias, su objetivo inicial. Pero tampoco llegaría hasta allí, porque se toparía con un nuevo continente a medio camino. Se trata de la gran placa de basura del Pacífico, el «séptimo continente», que se está formando entre las costas de Hawai y Norteamérica a base de millones de toneladas de desechos de plástico a la merced de las corrientes oceánicas. En esa región giran en el sentido de las agujas del reloj originando una espiral sin fin, un poderoso vórtice que arremolina los residuos de plástico igual que el viento arremolina los papelillos en un rincón de la plaza.
Esta corriente, el Giro Subtropical del Pacífico Norte, lleva décadas captando desechos plásticos de las costas, amén de los producidos por la navegación, haciéndolos girar y empujándolos lentamente hacia su centro, una región de baja energía cinética de 3,43 millones de kilómetros cuadrados -la tercera parte de Europa, es decir, casi siete veces la extensión de España- en la que se acumulan ya seis toneladas de plástico por cada una de plancton.
La proporción de seis a uno resulta abrumadora, y más si se tiene en cuenta que no se trata sólo de residuos en superficie, ya que la capa de plástico de este vórtice de la basura alcanza en la mayor parte de su inmensa extensión hasta los treinta metros de profundidad.
Un problema poco conocido
La formación del séptimo continente no es un problema nuevo, pero sí su conocimiento. Pese a tratarse de una gigantesca región del océano, es una zona poco transitada por la navegación, ni siquiera los turistas a vela la surcan, en la que no se explota la pesca industrial y apenas hay algunas islas menores desperdigadas.
Desde hace una década se suponía que la concentración de plásticos era elevada, y así lo ha denunciado Greenpeace en alguna ocasión, pero la magnitud del problema era desconocida hasta que una organización ecologista de la costa oeste de los Estados Unidos, la Algalita Marine Research Foundation (AMRF), ha hecho públicos estos datos tras una investigación llevada a cabo durante los últimos diez años.
Sobre este inmenso conglomerado de basuras todavía no se puede caminar, como Jesús sobre las aguas, pero rodando el tiempo llegará un día en que se compacte cada vez más, y no es que el nuevo continente quede listo para una recalificación de terrenos, pero la Tierra, o por mejor decir las aguas, tendrán un serio problema añadido.
Noticia completa en ABC (España)