Asà lo afirman hoy sendos equipos de investigadores del California Institute of Technology (EEUU) y de la Universidad de Tokio en la revista cientÃfica británica "Nature".
Se sabÃa que el órgano de Johnston, una estructura de células neuronales ubicada en las antenas de la Drosophila, o mosca de la fruta, contribuye a la percepción de los sonidos cercanos. Además, los cientÃficos consideraban que las respuestas que despierta el viento son crÃticas para el control de las poblaciones de la mosca de la fruta y de su navegación en el vuelo, aunque desconocÃan las bases neurológicas subyacentes a estas respuestas.
Los equipos descubrieron que distintos grupos de células nerviosas responden a continuas deflexiones de las antenas, producidas por la acción del viento o la gravedad, y a estÃmulos sonoros vibrantes. En respuesta a las corrientes de aire, el animal suprime la locomoción.
Tras inhibir la acción del grupo de neuronas del órgano de Johnston sensibles al viento, los investigadores descubrieron que la mosca de la fruta no suprimÃa la locomoción, pero continuaba captando los estÃmulos sonoros. Por tanto, el viento y los sonidos activan distintas neuronas del órgano sensorial que, a su vez, proyectan los impulsos hacia distintas regiones del cerebro central.
AsÃ, el cerebro de la mosca es capaz de distinguir distintos movimientos de las partÃculas del aire gracias a la acción de detección de un mismo órgano sensorial. Esos resultados indican, según los cientÃficos, que existen paralelismos entre el procesamiento sensorial del ser humano y de la mosca de la fruta. Ambas especies dividen la percepción mecánica en un mismo órgano gracias a caminos neuronales separados: el oÃdo interno procesa el sonido y el equilibrio mientras que el órgano de Johnston capta estÃmulos sonoros y la gravedad.
Noticia publicada en Diario Información (España)