Un pequeño fragmento de hueso labrado ha revelado el uso temprano de química primitiva. En una cueva de Sudáfrica, científicos hallaron una punta de flecha con rastros de veneno de hace 61,000 años.
La cueva de Sibudu, ubicada en un acantilado sobre el río Tongati en Sudáfrica, es conocida por ser un “archivo” de la mente humana. Sin embargo, su último tesoro ha dejado boquiabiertos a los arqueólogos: una punta de hueso (probablemente marfil de hipopótamo) que aún conserva restos de una sustancia oscura y pegajosa. Tras análisis químicos exhaustivos, se confirmó que se trata de un veneno elaborado a partir de plantas, lo que retrasa el uso documentado de toxinas en la caza en más de 20,000 años respecto a lo que se creía anteriormente.
Para entender la magnitud del hallazgo, debemos hablar de la cromatografía de gases, una técnica técnica que permite a los científicos separar y analizar los componentes químicos de una muestra diminuta. En este caso, los investigadores detectaron ácido ricinoleico, un compuesto que se encuentra en las semillas de ricino (Ricinus communis). Aunque hoy conocemos el ricino por su peligrosidad, hace 61,000 años, los habitantes de Sibudu ya habían descubierto cómo manipular estas semillas para paralizar o matar a sus presas.
El uso de veneno no es solo un truco de supervivencia; es una prueba de complejidad cognitiva. No basta con afilar una piedra o un hueso; se requiere conocimiento botánico, la capacidad de recolectar ingredientes, procesarlos (en este caso, mezclarlos con una resina para que se adhieran a la punta) y entender el concepto de causa y efecto a nivel microscópico. Como señala la investigadora Lucinda Backwell, líder del estudio: “El descubrimiento demuestra que los humanos de la Edad de Piedra Media poseían un conocimiento asombroso de la química y la naturaleza, mucho antes de lo que sugerían las pruebas previas”.
Este “veneno de larga duración” se aplicaba en una muesca o surco diseñado específicamente en la flecha. La estrategia era brillante: la flecha no necesitaba penetrar órganos vitales para ser letal. Bastaba con un rasguño para que la toxina entrara en el torrente sanguíneo del animal. Esto permitía a los cazadores rastrear presas grandes, como búfalos o antílopes, esperando a que el veneno hiciera su trabajo sin arriesgarse en combates cuerpo a cuerpo.
El hallazgo de Sibudu nos recuerda que la tecnología no comenzó con los chips de silicio, sino con la observación cuidadosa de nuestro entorno. Aquellos antiguos químicos africanos no solo buscaban alimento, estaban sentando las bases de la farmacología y la ingeniería de materiales. La próxima vez que veas una planta de ricino, recuerda que estás ante el ingrediente principal del arma secreta que ayudó a nuestra especie a dominar el mundo salvaje.
Con información de Journal of Archaeological Science.

