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Alimentos como hígado, huevos, queso, leche, almendras, nueces, salmón y sardinas son altos en vitaminas del complejo B. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.Alimentos como hígado, huevos, queso, leche, almendras, nueces, salmón y sardinas son altos en vitaminas del complejo B. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.

Descubren que la carencia de vitaminas B2 y B7, provocada por un desequilibrio en la microbiota, debilita la barrera intestinal y podría disparar el párkinson, según científicos de la Universidad de Nagoya.

Durante décadas, el Párkinson ha sido visto principalmente como una «tormenta» que ocurre exclusivamente en el cerebro. Sin embargo, la ciencia moderna está desplazando el foco de atención hacia el sistema digestivo. Una investigación reciente, publicada en la revista npj Parkinson’s Disease, sugiere que la génesis de esta enfermedad podría ser mucho más sencilla —y tratable— de lo que imaginábamos: una deficiencia de vitaminas esenciales causada por bacterias rebeldes.

La barrera protectora que se desmorona

El investigador médico Hiroshi Nishiwaki y su equipo de la Universidad de Nagoya, en Japón, han identificado una pieza del rompecabezas que hasta ahora era invisible. Al analizar la microbiota (el ecosistema de microorganismos que vive en nuestro intestino) de 94 pacientes con Párkinson y compararla con 73 controles sanos, detectaron un patrón alarmante: los pacientes carecían de los genes bacterianos necesarios para sintetizar riboflavina (vitamina B2) y biotina (vitamina B7).

¿Por qué es esto crucial? Estas vitaminas actúan como «obreros» que mantienen el moco intestinal, una barrera protectora que impide que toxinas ambientales —como pesticidas y herbicidas— penetren en nuestro sistema nervioso. «La deficiencia de estos componentes provoca un adelgazamiento de la capa de moco, aumentando la permeabilidad intestinal», explica Nishiwaki. Es lo que los científicos llaman «intestino permeable», una grieta en nuestra armadura biológica.

El camino del veneno al cerebro

Cuando esta barrera falla, el sistema nervioso del intestino queda expuesto. La exposición a químicos cotidianos desencadena la producción excesiva de fibrillas de alfa-sinucleína. Estas proteínas mal plegadas viajan desde el intestino hasta el cerebro, donde se acumulan en la substantia nigra, destruyendo las neuronas productoras de dopamina y provocando los temblores y la rigidez característicos del Párkinson.

Lo más fascinante del estudio es su consistencia global. Aunque las especies de bacterias varían entre pacientes de Japón, Alemania, China o EE. UU., el resultado final es idéntico: una caída drástica en las vías metabólicas que producen las vitaminas B2 y B7.

¿Un tratamiento al alcance de la mano?

La implicación terapéutica es esperanzadora. Si el origen del problema es una carencia vitamínica mediada por la microbiota, la solución podría ser tan directa como la suplementación personalizada. Nishiwaki propone que, mediante análisis de heces, se identifique a los pacientes con estos déficits específicos para administrar dosis orales de riboflavina y biotina.

Aunque no es una cura definitiva, esta estrategia podría ralentizar significativamente la progresión de la enfermedad, actuando décadas antes de que aparezcan los síntomas motores. Una vez más, la ciencia nos recuerda que para proteger nuestra mente, primero debemos cuidar lo que ocurre en nuestras entrañas.

Con información de npj Parkinson’s Disease.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.