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En un rincón remoto de los Andes argentinos, la evolución ha hecho que sus habitantes tengan la capacidad genética única para procesar el arsénico, una sustancia que mataría a otras en la misma dosis.

Imagina vivir en un lugar donde el agua contiene niveles de veneno veinte veces superiores a lo recomendado por los expertos. Para la mayoría de los seres humanos, esto significaría enfermedades graves, lesiones en la piel o una muerte temprana. Sin embargo, en la localidad de San Antonio de los Cobres, situada a casi 3.800 metros de altura en la Puna de Atacama, Argentina, sus habitantes han prosperado durante milenios. ¿El secreto? Un «superpoder» oculto en su código genético que les permite metabolizar el arsénico de forma segura.

Una adaptación forjada por milenios

El arsénico es un metaloide tóxico que se filtra de forma natural desde el lecho rocoso volcánico hacia las aguas subterráneas de la región. Mientras que el límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud es de 10 microgramos por litro, el agua de San Antonio de los Cobres llegaba a los 200 microgramos antes de la instalación de filtros modernos.

Un equipo de biólogos evolutivos, liderado por Carina Schlebusch y Lucie Gattepaille de la Universidad de Uppsala, decidió investigar cómo la población local de la especie Homo sapiens ha logrado sobrevivir a este estrés ambiental extremo. Al analizar el ADN de 124 mujeres de la zona, descubrieron que la selección natural ha favorecido variantes específicas en un gen crucial: el AS3MT.

El «filtro» químico del cuerpo

Para entender este hallazgo, debemos mirar la química interna. Cuando el arsénico entra en el cuerpo, el organismo intenta deshacerse de él transformándolo en diferentes formas químicas mediante un proceso llamado metilación. Una de las etapas intermedias produce una sustancia llamada arsénico monometilado (MMA), que es extremadamente tóxica. Una etapa posterior lo convierte en arsénico dimetilado (DMA), una forma más inofensiva que el cuerpo puede expulsar fácilmente a través de la orina.

La investigación reveló que los habitantes de los Andes argentinos poseen una variante del gen AS3MT (arsénico +3 estado de oxidación metiltransferasa) que acelera esta conversión. Básicamente, sus cuerpos omiten la fase más peligrosa del proceso, transformando el veneno en una sustancia eliminable de manera ultraeficiente.

«La adaptación impulsa cambios genómicos; sin embargo, la evidencia de adaptaciones específicas en humanos sigue siendo limitada», explicaron las investigadoras en su estudio publicado en Molecular Biology and Evolution. Este caso representa la primera evidencia clara de una población humana adaptándose genéticamente a una sustancia química tóxica presente en su entorno.

Lo más fascinante es el tiempo que ha tomado este cambio. Se estima que la región ha estado habitada entre 7.000 y 11.000 años, tiempo suficiente para que aquellos individuos con la variante protectora tuvieran más probabilidades de sobrevivir y pasar sus genes a la siguiente generación. Mientras que el resto del mundo ve el arsénico como una sentencia de muerte, para los habitantes de la Puna, su ADN ha construido un escudo que desafía las leyes de la toxicología.

Con información de Molecular Biology and Evolution.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.