1. Home
  2. /
  3. Publicaciones
  4. /
  5. Tecnología
  6. /
  7. Nuclear
  8. /
  9. Antiguo submarino nuclear soviético...
Submarino K-278 Komsomolets incendiándose. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.Submarino K-278 Komsomolets incendiándose. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.

Tras décadas de silencio en el abismo del Mar de Barents, el submarino nuclear soviético K-278 Komsomolets ha vuelto a captar la atención tras revelarse una fuga de cesio radiactivo.

En las gélidas y oscuras aguas del Mar de Barents, a unos 1,700 metros de profundidad, yace una de las reliquias más peligrosas de la Guerra Fría: el submarino soviético K-278 Komsomolets. Esta mole de titanio que naufragó en 1989 tras un incendio devastador, alberga en su vientre un reactor nuclear y dos torpedos con cabezas de plutonio. Recientemente, una expedición liderada por el Instituto de Investigación Marina de Noruega (HIW) ha confirmado lo que muchos temían: el gigante está liberando radiación.

La investigadora principal, Hilde Elise Heldal, y su equipo han utilizado vehículos de control remoto (ROV) para tomar muestras directamente del conducto de ventilación del pecio. Los resultados: los niveles de radiactividad en ese punto específico son hasta 800,000 veces superiores a los niveles normales detectados en el agua de mar superficial. El principal protagonista de esta fuga es el cesio-137, un isótopo resultante de la fisión nuclear.

Sin embargo, el equipo de Heldal hace un llamado a la calma. A pesar de lo alarmante que suena la cifra, la dilución en las vastas masas de agua del Ártico no representa peligro inmediato ya que a pocos metros, los niveles caen drásticamente. «El agua en el área del hundimiento tiene aproximadamente 0.001 becquerelios por litro, lo cual es extremadamente bajo», señaló el equipo de investigación, subrayando que no existe un riesgo inmediato para la cadena alimentaria o la pesca en la región.

El fenómeno de la liberación de gas parece ser intermitente. Los científicos observaron una especie de «nube de polvo» saliendo de la ventilación, lo que sugiere que las corrientes internas del submarino están empujando material contaminado hacia el exterior. Esta dinámica es crucial para entender cómo el entorno marino interactúa con los materiales fisionables a presiones extremas.

La expedición no solo busca monitorizar el peligro, sino también documentar la integridad estructural del Komsomolets. Con su casco de titanio diseñado para profundidades récord, el submarino es un caso de estudio único sobre la corrosión y el confinamiento de energía nuclear en ambientes hostiles.

El ROV Ægir 6000 trabajando en el naufragio del Komsomolets. Foto: Havforskingsinstituttet (HI)
El ROV Ægir 6000 trabajando en el naufragio del Komsomolets. Foto: Havforskingsinstituttet (HI)

Un monstruo de titanio perdido en el abismo

El K-278 Komsomolets no era un submarino común; representaba el cenit de la ingeniería naval soviética, diseñado bajo el proyecto 685 Plavnik. Su característica más revolucionaria era su casco de presión fabricado íntegramente en titanio, un metal tan costoso y difícil de trabajar que le valió el apodo de «el pez de oro» en los círculos navales.

Lo que hacía único al Komsomolets era su capacidad de inmersión. Mientras que la mayoría de los submarinos operan a unos cientos de metros de profundidad, esta nave alcanzó en 1984 el récord mundial de profundidad para un submarino de combate, descendiendo hasta los 1,027 metros. A esa distancia, el casco soportaba presiones que habrían aplastado a cualquier otro sumergible de la época.

El fatídico final del Komsomolets

La tragedia no fue producto de un combate, sino de un fallo interno. Mientras navegaba a 335 metros de profundidad en el Mar de Noruega, un incendio estalló en el compartimento de popa debido a un cortocircuito. Aunque el sistema de emergencia logró llevar la nave a la superficie, las llamas comprometieron los sellos del casco y el sistema de aire comprimido. Tras una lucha de seis horas, el submarino se hundió definitivamente, llevándose consigo a 42 de sus 69 tripulantes y sus dos torpedos con cabezas nucleares de plutonio.

Hoy, el Komsomolets descansa como una cápsula del tiempo a 1,700 metros, donde la baja temperatura y la escasez de oxígeno han preservado su estructura de titanio, aunque los daños sufridos en el incendio son los que hoy facilitan las micro-fugas de radiación que la ciencia vigila con precisión quirúrgica.

Con información de Instituto de Investigación Marina de Noruega (HIW)

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.