La inteligencia fluida y el nivel educativo están más determinados por la herencia genética que los demás atributos psicológicos y conductuales que son moldeados principalmente por el entorno.
En el mundo de la genética, existía un «Triángulo de las Bermudas»: la heredabilidad perdida. Sabíamos que muchos rasgos (como la altura o la propensión a enfermedades) eran hereditarios, pero al sumar las piezas del rompecabezas genético común, la cuenta nunca salía. Faltaban datos. Hoy, un equipo liderado por Pierrick Wainschtein y Loic Yengo, utilizando la potencia de fuego del Illumina AI Lab y la Universidad de Queensland, ha regresado de las profundidades del UK Biobank con el mapa completo.
La investigación no se detuvo en las «autopistas» genéticas conocidas (las variantes comunes que todos compartimos). En su lugar, se adentraron en los senderos menos transitados: las variantes raras. Analizando el genoma completo de 347,630 individuos, descubrieron que el secreto no estaba solo en los genes que fabrican proteínas, sino en las vastas regiones no codificantes del ADN.
La inteligencia heredada
La ciencia dabía que la inteligencia fluida (esa chispa mental para resolver acertijos nuevos) era hereditaria, pero los datos no terminaban de cuadrar. La «herencia ausente» era el gran fantasma de la genómica. Hasta hoy. Gracias a la secuenciación de genoma completo, los investigadores han logrado una hazaña cartográfica: han demostrado que el 88% de la heredabilidad que antes solo intuíamos mediante estudios de gemelos ya tiene nombre y apellido en nuestras variantes genéticas.
Sin embargo, si bien la inteligencia y la educación son los rasgos más heredables, los autores insisten en que la heredabilidad no significa determinismo. La genética puede predisponer, pero no predestinar. La inteligencia está influida por condiciones ambientales y sociales. Es decir, la inteligencia no viaja sola por el genoma, la inteligencia depende de natura y nurtura.
El peso de lo invisible
Imagina que el genoma es una orquesta. Hasta ahora, solo escuchábamos a los instrumentos principales (variantes comunes). Este estudio demuestra que hay miles de sutiles notas de fondo (variantes raras) que, aunque suenan poco, representan el 20% de la armonía total. La investigación confirma que estas variantes raras (aquellas que posee menos del 1% de la población) son las piezas que faltaban para explicar la arquitectura de nuestros rasgos físicos y riesgos clínicos. Las variantes raras son las responsables de hasta el 22% de la heredabilidad total.
Lo más fascinante de este hallazgo es la caída de un dogma: una mutación «patogénica» no siempre dicta sentencia. Los investigadores descubrieron que el contexto genómico total puede mitigar o amplificar el efecto de una sola variante rara. Somos, en definitiva, el resultado de una suma masiva de minúsculas variaciones.
Lo más fascinante es que estos «tesoros genéticos» no suelen esconderse en los genes convencionales (regiones codificantes), sino en el ADN no codificante, una vasta zona del genoma que antes se consideraba menos relevante. Este hallazgo cambia las reglas del juego para entender desde nuestra agilidad mental hasta nuestra salud cardiovascular.
Con información de Revista Nature.

