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La arquitectura institucional de las naciones no surge del vacío, sino de la transferencia de ideas que atraviesan océanos y siglos.

En el caso de Argentina, la figura de Juan Bautista Alberdi actúa como el gran receptor y adaptador de la tradición anglosajona. Para entender la Constitución de 1853, es imperativo rastrear las huellas de John Locke y David Hume, cuyas premisas sobre la limitación del poder y el aprendizaje histórico definieron el «estadio de civilización» que Alberdi proyectó para el Río de la Plata.

El Legado de John Locke: derechos naturales y el límite al absolutismo

John Locke, el padre del liberalismo clásico, estableció que el individuo posee derechos anteriores a cualquier Estado: la vida, la libertad y la propiedad. Alberdi, en su obra cumbre Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, traduce esta premisa al contexto americano.

  • La Limitación del Poder: Para Locke, el gobierno solo es legítimo si cuenta con el consentimiento de los gobernados y se limita a proteger sus derechos naturales. Alberdi recoge esta desconfianza hacia el poder absoluto —encarnado en su época por los caudillismos— y diseña un sistema donde la ley está por encima de los hombres.
  • La Propiedad como Motor: Al igual que Locke, Alberdi comprendió que no hay libertad sin propiedad privada. Su máxima «gobernar es poblar» no solo se refería a la demografía, sino a la creación de un marco jurídico que garantizara al inmigrante y al ciudadano la seguridad de sus bienes, un eco directo del Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil.

El pragmatismo de David Hume: La civilización como aprendizaje

Si Locke aportó los principios morales, David Hume entregó el método. Hume sostenía que la civilización no es un diseño racional perfecto, sino un aprendizaje de la historia. Para el filósofo escocés, las instituciones son el resultado de la experiencia y la utilidad, no de abstracciones románticas.

  • Contra el racionalismo utópico: Hume desconfiaba de las teorías que pretendían refundar la sociedad desde cero. Alberdi aplicó este pragmatismo al rechazar las constituciones «de papel» que no se ajustaban a la realidad social de Argentina. «Las constituciones no son reglamentos», decía Alberdi, sugiriendo que deben ser el reflejo de la evolución de las costumbres y las necesidades económicas.
  • La libertad como lujo de la civilización: Hume argumentaba que la libertad política es un logro que requiere estabilidad y orden previo. Alberdi tomó esta idea para priorizar el desarrollo económico y la educación práctica como pasos necesarios para consolidar una democracia liberal estable.

James Madison y el vínculo transatlántico

El artículo no estaría completo sin mencionar a James Madison, quien actuó como el gran sintetizador de Locke y Hume en la Constitución de los Estados Unidos. Madison implementó el sistema de pesos y contrapesos (checks and balances) para evitar la tiranía de las mayorías.

Alberdi estudió minuciosamente el modelo estadounidense (y la obra de Tocqueville) para demostrar que el sistema de libertad no era exclusivo de una etnia o geografía, sino una tecnología política exportable. La Constitución de 1853/60 es, en esencia, la aplicación práctica de este linaje de pensamiento en suelo sudamericano.

Argentina como laboratorio de la libertad

La incorporación de estos principios en la Constitución Nacional permitió que Argentina experimentara un proceso de transformación sin precedentes durante la segunda mitad del siglo XIX. Al desligar el progreso de la biografía de los caudillos o de la herencia religiosa obligatoria, y centrarlo en la seguridad jurídica y el comercio libre, el país se convirtió en un ejemplo de que el «sistema de la libertad» es universal.

En conclusión, la obra de Alberdi es el testimonio de que las ideas de Locke y Hume no se quedaron en las islas británicas. Cruzaron el Atlántico, inspiraron a los fundadores de Estados Unidos y, finalmente, encontraron en el «ilustre tucumano» al arquitecto capaz de convertirlas en la piedra angular de una nación moderna. La civilización, tal como la entendieron estos gigantes, sigue siendo hoy la limitación del poder político frente a la sagrada autonomía del individuo.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.