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Jeanna Giese contrajo el virus de la rabia sin uso de la vacuna, pero esta vacuna sigue siendo el método más efectivo. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.Jeanna Giese contrajo el virus de la rabia sin uso de la vacuna, pero esta vacuna sigue siendo el método más efectivo. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.

En septiembre de 2004, Jeanna Giese, una adolescente de 15 años de Fond du Lac, Wisconsin, recogió un murciélago del suelo de su iglesia, cuya mordedura apenas se notó, pero los síntomas neurológicos de la rabia la llevaron al hospital.

El diagnóstico fue rabia sintomática: una condena prácticamente segura. Sin embargo, el Dr. Rodney Willoughby Jr., infectólogo pediátrico del Children’s Hospital of Wisconsin y el Medical College of Wisconsin, ideó un tratamiento experimental que la convirtió en la primera persona conocida en sobrevivir a la rabia sin haber recibido la vacuna previa.

Este caso no solo salvó una vida; abrió un debate científico sobre si la rabia, considerada casi siempre fatal una vez que aparecen los síntomas, puede combatirse con una estrategia radical de “hibernación cerebral”.

La rabia, causada por el Rabies lyssavirus (un virus neurotropo de la familia Rhabdoviridae), viaja por los nervios periféricos como un tren subterráneo silencioso hasta llegar al cerebro. Allí provoca una encefalitis letal: inflamación, hiperexcitabilidad neuronal y fallo multiorgánico. Hasta 2004, la medicina solo ofrecía cuidados paliativos una vez iniciados los síntomas. El Dr. Willoughby planteó una hipótesis audaz: el virus no destruye el cerebro de forma irreversible, sino que genera una disfunción temporal. Si se “apagaba” temporalmente la actividad cerebral, el sistema inmune podría ganar tiempo para fabricar anticuerpos y eliminar el patógeno.

El protocolo, que más tarde se denominaría Protocolo de Milwaukee, consistió en inducir un coma profundo con ketamina y midazolam (fármacos que reducen la excitotoxicidad neuronal, como poner el cerebro en modo “ahorro de energía”). Se añadieron antivirales como ribavirina y amantadina, junto a un soporte intensivo extremo: ventilación mecánica, control de constantes vitales y nutrición parenteral. Jeanna permaneció en coma siete días; el virus desapareció de su organismo tras 31 días en la unidad de cuidados intensivos. Fue dada de alta a los 76 días y, aunque la recuperación incluyó meses de rehabilitación motora y del habla, hoy es madre de familia y lleva una vida plena.

El caso se publicó en 2005 en The New England Journal of Medicine (Willoughby et al., 2005) y generó esperanza mundial. El protocolo se aplicó en decenas de pacientes en distintos países. Algunos informes posteriores hablan de 11 supervivientes adicionales, aunque muchos carecen de documentación completa y rigurosa.

Sin embargo, la evidencia reciente es más cautelosa. En 2025, el neurólogo Alan C. Jackson publicó en Clinical Infectious Diseases un análisis titulado “Demise of the Milwaukee Protocol for Rabies”, donde documenta al menos 64 fracasos y solo unos 34 supervivientes totales de rabia humana bien documentados en la historia. Jackson argumenta que el éxito de Jeanna pudo deberse más a cuidados intensivos de primer nivel y a una cepa viral posiblemente menos virulenta que al protocolo específico de fármacos. Willoughby ha defendido su enfoque, señalando que la supervivencia con cualquier versión del protocolo es significativamente mayor que en controles históricos.

A pesar de la controversia, el caso de Jeanna Giese sigue siendo un hito. Demuestra que la rabia, aunque sigue siendo una emergencia zoonótica devastadora (transmitida principalmente por murciélagos, perros y otros mamíferos), no es invencible una vez sintomática. Refuerza el valor de la medicina intensiva y la investigación en virología e inmunología. Sobre todo, recuerda que la mejor estrategia sigue siendo la prevención: la vacuna post-exposición, aplicada a tiempo, es casi 100 % efectiva.

Veinte años después, Jeanna Giese no solo sobrevivió; se convirtió en símbolo de que, a veces, la ciencia más avanzada consiste en saber cuándo “apagar” el sistema para que el propio cuerpo lo reactive. El Protocolo de Milwaukee, aunque ya no se considera panacea, sigue inspirando nuevas aproximaciones terapéuticas contra uno de los virus más antiguos y letales de la humanidad.

Con información de New England Journal of Medicine.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.