Investigadores descubrieron que el vigor de la vegetación revela emisiones invisibles de CO2 mucho antes de que los sensores térmicos detecten calor.
Históricamente, escuchar el «latir» de un volcán ha dependido de sismógrafos y sensores de gas instalados en terrenos peligrosos. Sin embargo, una nueva investigación liderada por el Dr. Robert R. Bogue de la Universidad McGill propone una alternativa audaz: usar los bosques como una red de sensores biológicos visibles desde el espacio.
La premisa es fascinante. Antes de una erupción, el magma que asciende libera dióxido de carbono (CO2) y vapor de agua (H2O). Para una planta, esto es como un «suplemento alimenticio» inesperado. Al elevarse los niveles de estos gases en el suelo y el aire circundante, las plantas aumentan su fotosíntesis, volviéndose más verdes y robustas. Este fenómeno, invisible al ojo humano en sus etapas iniciales, deja una huella digital en el Índice de Vegetación de Diferencia Normalizada (NDVI), una métrica que los satélites Landsat capturan con precisión.
La crónica de Tern Lake: de la salud al colapso
El equipo analizó 185 imágenes satelitales del área térmica de Tern Lake (TLTA) en Yellowstone, cubriendo casi 40 años de historia (1984-2022). Los datos revelaron un patrón cíclico y revelador:
- Efecto Fertilizante (1984-2000): Durante este periodo, la vegetación en la zona volcánica era significativamente más saludable que la de los bosques circundantes, sugiriendo una alimentación constante de CO2 volcánico.
- La Señal de Alarma (2002): El verdor comenzó a decaer. El exceso de gases sulfurosos y el aumento de la temperatura del suelo empezaron a estresar las raíces.
- El Punto de Quiebre (2006): Grandes extensiones de árboles murieron, marcando el auge de la actividad hidrotermal que hoy define la zona.

Lo más disruptivo del hallazgo es la sensibilidad del método. En la década de los 90, las plantas ya mostraban anomalías en las zonas que años más tarde se convertirían en el epicentro de la actividad térmica. Esto significa que el «estrés» o «bienestar» de un árbol puede predecir cambios volcánicos antes que los satélites infrarrojos tradicionales, que solo detectan calor cuando el proceso ya es avanzado.
Esta metodología abre una puerta para monitorear los más de 1,400 volcanes activos del mundo, especialmente aquellos en regiones densamente vegetadas o de difícil acceso. Al eliminar la necesidad de mediciones in situ constantes en zonas de riesgo, la observación biológica desde el espacio se perfila como una herramienta de bajo costo y alta eficiencia para la gestión de riesgos volcánicos globales.
Con información de McGill University.

