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Atmósfera de Venus. Imagen: IA / Prompt: Danny Ayala HinojosaAtmósfera de Venus. Imagen: IA / Prompt: Danny Ayala Hinojosa

La búsqueda de vida extraterrestre da un giro radical hacia nuestro vecino infernal. Astrónomos analizan una franja templada en la atmósfera venusiana donde la detección de fosfina plantea un misterio astrobiológico sin resolver.

Venus siempre ha ostentado una reputación temible. Con temperaturas superficiales que escalan hasta los 500 ºC —capaces de derretir el plomo con pasmosa facilidad— y una presión atmosférica aplastante 90 veces superior a la de la Tierra, el suelo venusiano ha sido históricamente un cementerio para las sondas espaciales, que apenas logran sobrevivir unos minutos antes de ser trituradas por el indomable efecto invernadero desbocado del planeta. Sin embargo, un equipo de científicos ha decidido apartar la mirada de este suelo abrasador para dirigirla hacia el cielo. El misterio no está abajo, sino flotando en sus densas nubes tóxicas.

Al ascender por la atmósfera del planeta gemelo de la Tierra, el panorama cambia drásticamente. Entre los 50 y 60 kilómetros de altura existe una misteriosa franja donde las condiciones extremas dan tregua: la presión es idéntica a la que experimentamos al nivel del mar en la Tierra y el termómetro marca unos amables 30 ºC. Aunque estas nubes están compuestas principalmente de corrosivo ácido sulfúrico, los astrobiólogos saben que en nuestro propio planeta existen microorganismos capaces de prosperar en entornos de altísima acidez. Esto convierte a dicha zona aérea en un oasis potencial para la resistencia microscópica.

El verdadero punto de inflexión científica ocurrió cuando un grupo de investigadores, liderado por Jane S. Greaves, Anita M. S. Richards y William Bains de la Universidad de Cardiff, detectó indicios de fosfina (o fosfano) en estas capas nubosas utilizando datos del Telescopio James Clerk Maxwell y el complejo ALMA. En la Tierra, este gas está íntimamente ligado a la actividad de microorganismos en entornos anaeróbicos. Dado que los mecanismos abióticos conocidos en Venus —como la actividad volcánica o las descargas eléctricas de los rayos— no bastan para explicar la presencia detectada del gas, la hipótesis biológica saltó de inmediato a los titulares de todo el mundo.

La ciencia, sin embargo, avanza a través de la duda metódica. Análisis posteriores matizaron el entusiasmo inicial al revelar que la cantidad real de fosfina en la atmósfera de Venus es aproximadamente siete veces menor de lo que se estimó en un principio. Este drástico reajuste mantiene dividida a la comunidad internacional: ¿nos enfrentamos a una firma biológica inesperada, a un error de medición instrumental o a un proceso químico desconocido que desafía los modelos actuales?

A la par de este enigma químico, el estudio geológico de sus regiones montañosas llamadas «teselas» —estructuras comparables a los cratones continentales de la Tierra— y simulaciones climáticas sugieren que hace unos 4,000 millones de años Venus pudo haber albergado océanos líquidos y placas tectónicas activas. Descifrar el colapso climático de Venus y rastrear los componentes de sus nubes no solo responderá si estamos solos en el cosmos, sino que nos revelará cómo un mundo habitable puede transformarse en un auténtico infierno astronómico.

Cómo se forma la fosfina en la Tierra

En nuestro planeta, la formación de fosfina (PH3) en estado natural está estrictamente ligada a entornos carentes de oxígeno, donde la vida microscópica ha encontrado su nicho de supervivencia. Este gas altamente reactivo es generado principalmente por comunidades de bacterias anaeróbicas terrestres —que habitan en ambientes como lodos pantanosos, sedimentos fluviales profundos y los tractos intestinales de diversos animales— a través de un proceso metabólico donde los microorganismos absorben minerales de fosfato oxidado, les añaden hidrógeno mediante reducción enzimática y finalmente expelen la fosfina al entorno. Debido a que la atmósfera de la Tierra es marcadamente oxidante, las moléculas de fosfina libre sufren una rápida degradación al reaccionar con el oxígeno, lo que significa que su presencia sostenida en el aire —detectada apenas en trazas de partes por billón— requiere un suministro biológico constante para no desaparecer por completo, actuando así como una firma inequívoca de actividad metabólica.

Con información de Nature Astronomy.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.