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Neandertal aplica ocre sobre un familiar difunto, mientras un grupo de homo sapiens observa. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.

Un hallazgo de 110,000 años de antigüedad en la cueva de Tinshemet, Israel, rompe el mito del aislamiento y guerra evolutiva; la evidencia demuestra que ambas especies compartían tecnologías, rituales y simbolismo.

Durante décadas, los textos de antropología nos han pintado el encuentro entre el Homo sapiens y el Homo neanderthalensis como un choque brutal de titanes o, en el mejor de los casos, un silencioso juego de mutua evasión en los bordes de continentes helados. Sin embargo, en el corazón del Levante mediterráneo, la tierra ha comenzado a revelar una narrativa completamente diferente.

En excavaciones lideradas por la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad de Tel Aviv en la cueva de Tinshemet (Israel) se acaba de dinamitar el viejo paradigma de la exclusión mutua, demostrando que hace 110,000 años la innovación no nacía del aislamiento, sino de la mezcla cultural.

Imagine una mesa de trabajo prehistórica. A un lado, un neandertal; al otro, un humano moderno. No intercambian gruñidos hostiles, sino técnicas precisas para tallar piedra y estrategias compartidas para rastrear y cazar la fauna local. A través de un análisis exhaustivo de cuatro pilares conductuales fundamentales —producción de herramientas líticas, tácticas de caza, comportamiento simbólico y complejidad social—, el equipo codirigido por los profesores Yossi Zaidner, Israel Hershkovitz y la doctora Marion Prévost ha demostrado que múltiples taxones del género Homo mantenían un contacto continuo y fluido, actuando la región como un auténtico crisol evolutivo.

El indicio más conmovedor y revolucionario de esta convivencia radica en los rituales fúnebres. El estudio revela que los entierros formales organizados —los primeros documentados a nivel mundial en este periodo cronológico, situado entre los 130,000 y 80,000 años atrás— comenzaron a surgir precisamente en este nodo geográfico.

La cueva de Tinshemet funcionaba posiblemente como un cementerio comunitario ancestral. En estas tumbas, los cuerpos no eran simplemente abandonados; se disponían siguiendo pautas culturales estrictas, acompañados de ofrendas que incluían herramientas de piedra grabadas, restos óseos de animales y fragmentos de un llamativo pigmento mineral rojo: el ocre.

El ser humano actual comparte genes neandertales. No sería inverosímil que ambas subespecies hayan trabajado juntas. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.
El ser humano actual comparte genes neandertales. No sería inverosímil que ambas subespecies hayan trabajado juntas. Imagen: IA / prompt: Danny Ayala Hinojosa.

Los científicos examinaron la evidencia en cuatro áreas principales: producción de herramientas de piedra, estrategias de caza, comportamiento simbólico y complejidad social. Su análisis sugiere que múltiples grupos humanos, incluidos neandertales, preneandertales y Homo sapiens, mantuvieron contacto continuo. Estas interacciones permitieron que ideas y habilidades se difundieran, haciendo que los diferentes grupos se parecieran culturalmente con el tiempo.

El uso masivo de ocre en el yacimiento sugiere que estas comunidades compartían una profunda dimensión simbólica. El pigmento se utilizaba con fines decorativos corporales, lo que apunta a códigos de identidad visual compartidos o a la necesidad de señalizar filiaciones en un entorno socialmente denso. Lejos de competir a muerte, la mejora climática de la época en esta región aumentó los recursos, propiciando una expansión demográfica y promoviendo la convivencia.

El profesor Zaidner describe la región como un «crisol de culturas» donde diferentes poblaciones humanas se unían y se influían mutuamente. «Nuestros datos muestran que las conexiones humanas y las interacciones poblacionales han sido fundamentales para impulsar innovaciones culturales y tecnológicas a lo largo de la historia», explica.

Al final, las herramientas y las tradiciones de unos y otros terminaron por homogeneizarse en una uniformidad conductual única. Aquello no fue un campo de batalla; fue la primera gran transferencia tecnológica de nuestra historia.

Con información de The Hebrew University of Jerusalem.

Por Danny Ayala Hinojosa

Director de Ciencia1.comApasionado por la ciencia y la tecnología, los viajes y la exploración de ideas en general. Profesional en IT: aplicaciones web y análisis de datos. Hoy emprendiendo en periodismo digital.