La arqueología moderna desmantela la visión romántica de las sociedades antiguas, revelando en Gomolava (Serbia) un escenario de violencia estratégica contra mujeres y niños destinado a fracturar el futuro de comunidades rivales.
El descubrimiento en Gomolava, un enclave clave en la cuenca de los Cárpatos, es un golpe directo a la idea del «buen salvaje». Investigadores liderados por Miren Iraeta–Orbegozo y Linda Fibiger han analizado los restos de 77 individuos del siglo IX a.C., desenterrando un relato de violencia sistémica. No se trata de un simple campo de batalla; el 71 % de los restos analizados eran mujeres y la gran mayoría (51 individuos) eran niños o adolescentes.
“No fue un combate cuerpo a cuerpo ni una ejecución sistemática donde todos tienen la misma lesión”. “La diversidad de los impactos sugiere un escenario caótico, y que las heridas se localizasen en la parte superior de la nuca indica que los atacantes podrían haber golpeado desde una posición elevada, quizás a caballo”
Iraeta – Orbegozo
Este no fue un conflicto «caótico» fortuito, sino una estrategia de desestabilización. El análisis de las lesiones —situadas en la parte superior de la nuca— sugiere un ataque ejecutado desde una posición elevada, posiblemente a caballo, contra un grupo que no compartía parentesco biológico, salvo excepciones puntuales. Al aniquilar a quienes representaban la continuidad biológica y social de una comunidad, los atacantes lograban una dominación absoluta, invalidando la capacidad de resistencia del grupo rival a largo plazo. Curiosamente, tras la masacre, los cuerpos fueron enterrados con respeto y ofrendas (cerámica y metalurgia), sugiriendo una compleja dualidad entre la brutalidad del acto y la ritualidad del reposo final.
El fin del mito del «Buen salvaje»
El mito del «buen salvaje», popularizado por el filósofo Jean-Jacques Rousseau en el siglo XVIII, sostiene que el ser humano es inherentemente bondadoso, libre y compasivo por naturaleza. Según esta corriente, el estado natural del hombre es de una pureza incorrupta, siendo las instituciones de la civilización moderna —como la propiedad privada, la monarquía y los dogmas religiosos— las verdaderas responsables de la codicia, la desigualdad y la opresión social. La solución teórica planteada consistía en desmantelar estas estructuras corruptas para permitir el florecimiento de la moralidad y la libertad originarias del pueblo.
Sin embargo, esta utopía filosófica mutó en una paradoja trágica durante la Revolución Francesa bajo el liderazgo de Maximilien Robespierre. Obsesionado con instaurar la «República de la Virtud» rousseauniana, el líder jacobino justificó el uso del Terror como la única vía legítima para purgar los vicios de los opresores y proteger la bondad natural de la nación. De este modo, el mito del hombre intrínsecamente pacífico terminó legitimando la guillotina, demostrando históricamente cómo los ideales de pureza social pueden derivar en sistemas de violencia extrema cuando se intenta imponer la virtud por la fuerza.
La arqueología y antropología modernas derrumban también el mito del buen salvaje, al encontrar una y otra vez evidencias de conflictos, guerra, genocidio y otras manifestaciones de violencia organizada. Por el contrario, los avances humanos en materia de desarrollo y derechos humanos se han conseguido gracias a instituciones evolutivas espontáneas, no centralmente planificadas, tales como la propiedad privada, el comercio, el dinero, la formación de precios, o el derecho común o ley natural.
Con información de Nature Human Behaviour.

