Las células tumorales de adenocarcinoma en ratones modifican las neuronas sensoriales vagales, envían señales al tronco encefálico y disparan un torrente de noradrenalina que reprograma al sistema inmune.
Imagina el sistema nervioso autónomo como una red de fibra óptica que conecta tus vísceras con el cerebro. Ahora imagina que un tumor de pulmón se cuela en esa red, reprograma los cables sensoriales y obliga al cerebro a enviar órdenes que apagan las alarmas inmunitarias. Eso es exactamente lo que ocurre según el nuevo trabajo liderado por investigadores de la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Yale.
Las células cancerosas liberan factores neurotróficos (entre ellos el factor de crecimiento nervioso, NGF). Estos actúan como fertilizante para las neuronas sensoriales vagales que inervan el pulmón. En cultivos, el exceso de tumores hace que las neuronas sensoriales vagales (VSNs) extiendan sus axones mucho más que en el pulmón sano. Cuando se elimina el gen del NGF en las células tumorales, este efecto desaparece. Resultado: dentro del tumor hay más densidad de nervios sensoriales que en el tejido sano vecino.
Estos nervios vagales actúan como una red de alta velocidad que conecta los órganos internos con el cerebro. Su misión principal es detectar cualquier señal de alarma y mantener la homeostasis, es decir, el equilibrio perfecto del cuerpo.
Sin embargo, esta investigación revela algo sorprendente: “el tumor secuestra el eje que une el cerebro y el cuerpo y lo utiliza para su propio beneficio”, como explica Anna-Maria Globig, experta en inmunología del cáncer en el Allen Institute for Immunology de Seattle (Washington).
Descifrar este mecanismo ha sido un desafío enorme. Las neuronas son células extraordinariamente complejas: su información genética reside en el soma (un cuerpo central de forma estrellada), pero también poseen largos “cables biológicos” llamados axones, que pueden extenderse varios centímetros o incluso más según la región del cuerpo que conecten.
Cuando aparece un tumor, los axones cercanos son los primeros en verse afectados. Ahí ocurre el verdadero “hackeo”: las células cancerosas modifican las señales que viajan por estos nervios y engañan al cerebro para que ordene desactivar el sistema inmunitario, dejando al tumor en paz para que crezca sin obstáculos.
Este mecanismo explica por qué, en estudios previos de cáncer de próstata en ratones y humanos (publicados en Science en 2013), una mayor densidad de fibras nerviosas periféricas se correlacionaba con peor pronóstico: los tumores “hackean” el sistema nervioso autónomo para sobrevivir.
Con información de Nature.

