Un análisis de teledetección revela más de 1.000 kilómetros de corredores hídricos en torno a la fortaleza de Argishtikhinili, demostrando que este enigmático reino de la Edad del Hierro conquistó el desierto mediante una red artificial de canales.
La arqueología tradicional nos ha acostumbrado a medir el poder de los antiguos imperios a través del volumen de sus murallas de piedra o la ferocidad de sus crónicas de guerra. Sin embargo, en los áridos suelos del oeste de Armenia, un equipo internacional de científicos ha demostrado que la verdadera expansión del Reino de Urartu —el gran rival del Imperio asirio entre los siglos IX y VI a.C.— se cimentó sobre una ingeniería completamente invisible: el control absoluto del agua.
Utilizando una audaz combinación de tecnología espacial moderna y fotografía de reconocimiento desclasificada de la Guerra Fría, los investigadores Nazarij Buławka, Krzysztof Jakubiak e Inessa Karapetyan han reconstruido por completo el paisaje hidrológico que rodeaba a la imponente fortaleza de Argishtikhinili. El estudio, publicado en la prestigiosa revista Antiquity, ha logrado mapear una colosal red de movimiento de agua que suma un total de 1.019 kilómetros de elementos lineales.

Arqueología espacial desde la órbita terrestre
Para identificar las cicatrices del relieve antes de que la agricultura mecanizada del siglo XX las borrara, los arqueólogos recurrieron a las imágenes captadas en las décadas de 1960 y 1970 por los satélites espía estadounidenses de los programas CORONA y GAMBIT. Estos registros históricos se superpusieron con datos de sensores modernos como Landsat 5 y Sentinel-1, además de modelos digitales de elevación de alta resolución.
El ojo clínico de los satélites no busca canales abiertos, sino «fantasmas» en la superficie. Las estructuras enterradas alteran sutilmente la humedad del subsuelo. Esta variación provoca que la vegetación crezca con un verdor o densidad distinta respecto a los terrenos contiguos, un fenómeno imperceptible a pie de campo pero nítido desde el espacio exterior.

El hallazgo: 134 kilómetros de ingeniería humana
Al desglosar la vasta red de 1.019 kilómetros identificada en la llanura de Ararat, los investigadores clasificaron las evidencias con precisión quirúrgica:
- 429 kilómetros corresponden a canales e infraestructuras de irrigación modernas.
- 419 kilómetros pertenecen a antiguos cauces naturales de montaña y brazos históricos secos del río Aras.
- 36 kilómetros se identificaron claramente como paleocanales profundos.
- 134,6 kilómetros muestran trazados geométricos y rectilíneos artificiales orientados de forma sistemática hacia el noreste.
Son precisamente estos últimos 134,6 kilómetros los que apuntan directamente a la mano del reino de Urartu. Los textos cuneiformes dejados por el rey Argishti I en el siglo VIII a.C. durante la fundación de Argishtikhinili ya lo advertían: el monarca se jactaba de haber construido 5 canales para transformar una estepa completamente infértil en un oasis de viñedos y huertos. La ausencia de restos arqueológicos previos a esta época respalda la hipótesis de que el asentamiento humano fue imposible hasta que la ingeniería hidráulica doblegó al desierto.
Tras la caída de Urartu, la llanura siguió explotándose durante la época helenística —cuando la cercana Armavir tomó el relevo geopolítico—, lo que significa que muchas de estas conducciones fueron limpiadas, adaptadas y reutilizadas por civilizaciones posteriores, acumulando capas de historia en cada metro cúbico de tierra excavada.

Con información de Antiquity.

